SENTIRES

Autor:    Enrique Arroyo Villegas

Enrique Arroyo Villegas


Soñar con dragones


“¿Qué representaba aquella madre dragón de cuello largo y cabeza humana, que, humildemente, agachó su testuz para que la acariciase como si de un perro fiel se tratara?”.

 

La madre dragón emprendió vuelo hasta perderse en el estrellado horizonte. “¿Y los cachorros?”, se dijo, al darse cuenta de que los dos pequeños dragones lo miraban con asombro. Esperó por largas horas, pero la madre no regresó. Y aquí no hay referencia clara sobre la falta de espacio en la cueva materna o el viaje al cosmos de ella.

 

Se sintió en un comic.

 

El hombre debió alejarse de las costas mediterráneas y buscar una casa grande donde pudieran estar tranquilos.

 

Avanzaban por las calles de Comillas, la noche los favorecía.

 

Y de repente, allí estaba, esa casa, El capricho, el capricho de Gaudí.

 

La puerta estaba abierta. Entraron.

 

Esa casa del siglo XIX estaba perfecta.

 

Para Gaudí, lo que vivía este hombre hubiera sido una fantasía, él que era amante de dragones y salamandras míticas.

 

Todo le causaba curiosidad.

 

“¿Será que el Marqués de Comillas, en una cueva cercana, guardó las vitolas de sus puros filipinos?”.

 

Acomodó a los pequeños dragones, y se sentó a respirar el aire puro.

 

“Qué será de ti querido Fernando, será cierto que en uno de tus viajes astrales, esos que siempre me comentabas, y donde hablabas con dragones, te quedaste por allá?. ¿Cómo se llamaba ese amigo tuyo chileno, Fernando, ese que era tu seguidor incansable? Recuerdo que escribió como epitafio un rocambolesco perfil de lo que debía hacer un dragón si se trasladaba a una tierra inhóspita, y una de sus advertencias al viajero era que no se dejara ver por campesinos sedientos de oro y recompensas. Qué oportuno ahora, con lo que estoy viviendo”.

 

Sintió que algo lo jalaba, era uno de los dragones, que con la cabeza le indicaba que lo siguiera. Se pararon frente a una pared. No entendía lo que trataba de decirle. La empujó, y abrió la entrada a una habitación. Sacó su encendedor, y su sorpresa fue inimaginable al encontrarse con bellísimas paredes con iconografías de dragones. Dragones buenos y malos, de oriente a occidente. El bien luchando contra el mal. Los ríos y los mares. Ra en su barca.

 

Sobre una mesita había una nota que decía “No pague rescate por una princesa, porque una vez haya perdido el deseo que le inspiró, ese carnal, llegará a usted como una dulce y lánguida heredera del trono”.

 

‒Los voy a bautizar Jennifer y George ‒les dijo a los dragones ‒a ti, en honor a San Jorge.

 

Pasaron los días. Los alimentaba con una dieta vegana, para que de mayores no tuvieran la tentación de hacerse con vacas y terneros, y evitarles los ardores de estómago, que los llevara a echar fuego por la boca.

 

A sabiendas de que el mundo es cambiante los imbuyó en el deseo de hablar varias lenguas, y por cercanía morfológica, prevaleció en ellos un alemán con acento del norte.

 

Una mañana, vio que los niños abrieron sus alas y emprendieron su primer vuelo. Se sintió tranquilo.

 

Al abrir los ojos se encontró frente a un mar azul, dulce como el mosto de Ampurdán.  

 

Caía la tarde mientras comía perdices en escabeche. Fue feliz.

 
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