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EL SINSENTIDO

Era extraño. ¿Cómo podía pensarse en aquello sin incurrir en la más flagrante de las contradicciones? La mente se extraviaba por laberintos insondables y entonces se caía en el abismo de la sinrazón, de lo que no es pero parece ser, de lo que se escucha sin escucharse, de lo que abarca sin magnitud… Mis ojos parecían desorbitarse, mis dedos se crispaban pulsátiles y el hechizo traicionero de las carontinas aguas pugnaba contra mis obcecados recuerdos, en aras de recordar lo irrecordable, de salvaguardar la nada de la existencia y de ser sí mismo en el absurdo inenarrable del nunca haber sido. Por ello insisto, era extraño…

―¿Quién es? ―Preguntó una voz a medio camino entre infantil e ingenua… Quizás no sabía lo que preguntaba pero insistía en ello…

―No se podría ser, ―respondí entonces yo― … la manigua se ha tragado los últimos rezagos de la existencia…

―¿Quién es? ―insistió la voz ahora con un tono más determi-nativo…

Una mano se levanta timorata para decir “yo soy”, cuando la voz de la experticia indaga por respuestas. Los oídos oyen pero el alma deja escapar las fibrillas de la conciencia. Unos ecos fono-acústicos dejan oír entonces su sibilante voz, pero… ¿qué sabe el alma de respuestas? El ser no se aprehende cuando la mente se vuelve sobre sí misma y se torna en un ovillo vacuo y ayuno de respuestas. ¡Qué más da! Mi mano se desliza entonces por la vieja y enmohe-cida madera de aquel ducto de entrada. Lo que pálidamente es, palpa la contingencia. La voz no volvió a insistir, los ecos sobre la lignina tampoco… Lo que sea que es está ahí, enhiesto, yerto y frío.

Y la luna brilla redonda y pura en el firmamento, como un bezante de alabastro que se recorta contra un dosel de zafiro intenso. La voz distante de la selva habla, pero ya nada es. Ser que se devora en el confín de lo inasible… Un emplasto negro brillante salpica la entrada, entreverado con destellos carmesí… Los dedos se crispan en el marasmo de la existencia que se escapa, la plata selenita besa las heridas, ya nada se podía hacer. El río cálido de la vida en fuga aflora por un pecho que se abre como la victoria regia sobre las aguas del río de los ríos… Las descargas habían escupido su mortí-fero y contundente mensaje. Los micos se asustaron y a su modo protestaron. Chillidos aturdidores que asustan a los más bravos. Ya nada se podía hacer. Un silencio profundo, negro y aturdidor se dejó sentir. La conciencia se extraviaba entre las aguas de Caronte. Mi mano se extendió en un último afán por asir algo… ¿qué? no sé, el algo de la nada que jamás llegó. Se derrumbaron las fuerzas y el fusil cayó a mi lado, con su estrépito ensordecedor. Ya nada se podía hacer. El emplasto de azabache untó ahora la madera, con la forma desvanecida de mis dedos. Y todo fue sopor, negrura infinita y una conciencia evadida de sí. ¿Cuánto tiempo transcurrió? no sé. La nada es atemporal y también lo es el río del olvido. Sus aguas se revolvían amenazadoras, pero iban de la furia a la calma y del fragor al silencio. Voces de personas, chasquidos metálicos, imprecacio-nes y gritos… Luz, luz intensa, hiriente e insolente.

―Bip, bip, bip…

Choques violentos, mortificantes. Lapo de fuego que me azota inmisericorde. Mi cuerpo se revuelve y los músculos se encogen. Salto, dolor y grito. Lágrimas opacan mi débil campo de visión. Era mejor volverse a sumir en la fría oscuridad que desafiar el escalpelo acerado de la luz. El río carontino parece devolver lo que creía suyo. Lucha, la vida que renace, la nada que se anonada en la existencia, que se salva con ingentes esfuerzos. Dextrosa. Palpo uno de mis brazos y está como picado ahora por enredaderas punzantes… ¿quizá bejucos del monte? Me los quiero quitar, una voz lo impide…

―¡No, no haga eso!

Es una voz de mujer, dulce aunque imperativa. Las enredaderas quedan en su sitio. El sueño hace de las suyas, sopor, desvaneci-miento. Con un empañado campo de visión abro mis trémulos ojos, ignoro cuánto tiempo transcurrió. La cabeza me da vueltas. La fría habitación de lo que parece ser una clínica o quizás un hospital. Me palpo el pecho, siento entonces un agudo dolor en el tórax. Palpo con timidez, hay una enorme herida suturada. Me han salvado. Ahora evoco aquello, han pasado ya tres meses y en mi diario dejo constancia de ello. Estuve al borde mismo de la muerte, una expe-riencia castrense más, quizás la última. ¿Cómo recuerdo lo que no se recuerda? ¿Cómo aprehendo aquello de lo que fui un testigo ausente? La nada de la nada devino en el todo, que al intentar reconstruirse, cayó en el absurdo de lo extraño, de lo que no tiene sentido, de lo que no es, pero acabó siendo. Mi ser extracorpóreo fue testigo de todo, solo que recordaba como instantáneas fugaces.

He pedido la baja y me la han concedido. El sol canicular me da de lleno en el rostro, salgo de aquel sitio con mi tula y unos pocos bár-tulos al hombro. Cojeo un poco, el pecho aún se resiente de las enormes heridas propinadas, pero ahora está sano. Besos, abrazos apretados y lágrimas de mi madre, de mi novia y hermanos. Ofrecimientos de iniciar una nueva vida. Sobrevivir de un ataque guerrillero contra un oleoducto no es cosa fácil. Ahora lo narro en mi diario.

Día séptimo del séptimo mes

 

 

  Gudiela Paternina Pautt                                             

          Gudiela Paternina Pautt                            Nelson Castillo Pérez                    Guillermo Quijano Rueda                 Enrrique Morales Guerrero