SENTIRES

ABRÍ LA VENTANA Y VI LA BARCA ATADA A SU ALFÉIZAR

Autor:   Enrique Arroyo Villegas

Enrique Arroyo Villegas

 

Hubo un tiempo en que vivía frente al mar, un mar de arrecifes.

 

Tenía la costumbre de atar mi barca, con una larga cuerda, al alfeizar de la ventana.

 

Recuerdo que las noches en que la brisa se convertía en tormenta, la barca estiraba la cuerda, como queriendo escaparse.

 

Cuando el cielo se iluminaba de relámpagos y sonaban los truenos de proximidad, mi perro se agazapaba.

 

La barca también quería huir mar adentro, o estrellarse contra las rocas.

 

Todo cambió, me mudé hace unos años tierra adentro, a un piso de la Avenida Kennedy, en la parte más alta de la ciudad… no hay mar, tan solo las cholas que recorren las calles con su atado repleto de botellones de agua con que preparar la cocoa de la mañana.

 

Mi perro se asoma al cielo impertérrito de la sierra. El monte con cresta de oro señala que el sol está próximo a aparecer.

 

El perro le ladra a la barca, la conoce sobradamente, solía saltar desde ésta a pescar.

 

Allí está mi vieja barca, atada al alféizar de la ventana, como antaño, meciéndose en el aire.

 

Y yo me echo a reír.

 

—Lucio, nos ha seguido.

 

La barca se balancea en el espacio, como asintiendo.

 

Jalo de la cuerda hasta acercarla a la ventana, y sin pensarlo dos veces salto a su interior junto con Lucio.

 

En el fondo encuentro los dos viejos remos, los coloco en su lugar, y soltando la cuerda empiezo a remar hacia un espacio más abierto, lejos de los edificios que nos rodean.

 

Las palas entran en el aire, como si se tratara de agua.

 

Remamos durante varias horas, sorteando nubes blancas de algodón. Los pájaros nos miran como tildándonos de extraviados.

 

Al frente, el día que acababa de nacer.

 

No lo pienso dos veces, alineo mi pequeña embarcación, y cantando una de aquellas viejas canciones que alguna vez debieron cantar los piratas y marinos me dirijo hacia el sol.

 
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