SENTIRES

EL PASO DEL TIEMPO (ELEGÍA A UNA ISLA)

Autor:   Enrique Arroyo Villegas

Enrique Arroyo Villegas

En el embarcadero de madera, resguardado por la bahía, y bien amarrado con cabestrantes, agonizaba la embarcación que una vez fue la gloria de los eternos invasores de la Isla de Cuba, esa donde vivía el pirata con barba que rezumaba humo de cigarros atados por los muslos de mulatas revolucionarias.

 

La invasión con aquel bello barco cargado de armas se vio frustrada —como les sucedió tantas otras veces a los viejos bucaneros—, por los implacables huracanes, que nacidos en el Mar do Canal trataban sin piedad a las embarcaciones esclavistas.

 

Y Marina, aquel barco con nombre de mujer que miraba el mar de todos los poetas, quedó en manos de mi amigo, pieza del puzzle en cuentos de piratas y colonos.

 

Los cubanos se fueron, las armas durmieron en el mar, y la fragata tocada de muerte, fue atendida cada noche por el anciano Mr. Bryan, que orgullosamente achicaba el agua acumulada a diario, con una bomba de gasolina.

 

En esa operación existía una mezcla de un insólito deber, un compromiso adquirido y el orgullo y la hidalguía de un anciano al que solo le unía a este mundo la paga que puntualmente llegaba desde Connecticut.

 

Los hijos de los habitantes de las Islas hacía ya mucho tiempo habían buscado la oportunidad en la tierra de la oportunidades. Y allí quedaron tan solo los Williams, los Thomson y los Johnson, mezclados entre sí por generaciones, acomodados frente al mar en pulcras casitas de madera, herederos de una tradición Bautista y Evangelista, biznietos de pastores que llegaron a unas islas deshabitadas en busca de la cercanía del Dios de los Justos.

 

Y, verdaderamente, aquel lugar compuesto de islotes arrancados al mar, con corales superpuestos, que como los muros secos mediterráneos se alzaban sobre el agua, debió ser un paraíso, ajeno a cárceles para expatriados, donde la oración acompañada de la ausencia de malos hábitos y bailes profanos profería al entorno el sosiego visual para creyentes y ateos.

 

Y allí fui destinado por un buscador de tesoros a pescar o reunir cuantos pargos de cola amarilla pudieran obtener los marinos con anzuelos suecos, que mi amigo Bryan pagaba en quiméricos Gold Schillings y que, traducidos a la moneda local, el lempira, ofrecían nuevas oportunidades.

 

Me acomodé en una casita en compañía de mi anciano amigo, que por arte de birlibirloque amanecía con desayunos sureños, donde no faltaban las tradiciones alubias blancas, no antes de darme un baño de agua templada en los escasos 50 centímetros que me ofrecía la improvisada piscina junto al embarcadero, acompañado siempre de infinidad de pececillos curiosos de conocer al nuevo animal marino nunca visto en sus aguas.

 

La idea de invadir la isla de Cuba no era nueva, y muchos exilados habían encontrado en ella una fuente inagotable de ingresos. La idea de que un mosquito, aunque estuviera tocado de fiebre amarilla, pudiera atravesar la piel de los cocodrilos calentándose al sol con las fauces abiertas, era una utopía.

 

En esa rocambolesca combinación de pesados invasores, nietos de pastores blancos, piratas muertos y cocoteros solitarios, mi presencia en aquel museo agradaba a sus habitantes.

 

Mi avioneta, un Cesna, con piloto hermosamente loco, solía tomar el verde marino a la entrada de la isla antes de frenar frente al cráter que estaba al final de la pista; más allá solo quedaban los restos de fuselajes en el agua, dulcemente habitados por peces tropicales.

 

Era un gran tipo, cada mañana cargábamos 600 libras de pargos casi vivos, sin importarnos demasiado la salinidad del mar, que fue acabando como un cáncer con el sistema eléctrico del aparato.

 

Mi piloto, acostumbrado a salir del aeropuerto más allá de la hora permitida y con el medidor de combustible averiado, murió una noche de tormenta en el trayecto de La Ceiba a Utilla.

 

Los jóvenes —esos que de vez en cuando visitaban a sus viejos— descubrieron que la isla se podía vender a pedazos. Y así, con el paso del tiempo, y como sucedió con otros paraísos, todo se fue olvidando…. los pargos, los pastores e incluso el fondo submarino de una bahía, que, en su tiempo, estuvo llena de corsarios.

 
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