SENTIRES

Diálogos para un café en verano

Autor:   Enrique Arroyo Villegas

Enrique Arroyo Villegas

DIÁLOGOS PARA UN CAFÉ EN VERANO

 

Se estaba reconciliando con la temperatura de aquel mes de julio, que aseguraba un verano caliente, mientras añoraba a sus personajes preferidos, aquellos que un día creó, en recuerdos que iban más allá de lo vivido.

 

Los revisó, uno a uno, a vuelo de pájaro, mientras su cucharita golpeaba el café con hielo con la misma intensidad con que el Titanic lo debió hacer con el iceberg.

 

Pensó en María La gorda, la pirata abandonada que creó una secta en el fondo de la península cubana; la dama que amó a un mono pelirrojo, también, a la bella Muerte, aquella tarde que sentadas en la misma mesa la invitaba a su mundo… hablaron de las muñecas articuladas, toscas de madera y cartón piedra, que imitaban la vida y costumbres de sus viejas amantes, las mismas con las que luego tomaría la decisión de lanzarse a la Gran Catarata.

 

Recordó la isla perdida en el Paraná, con la vaca y los dos guajiros, la que llenó un día de Mariposas; y al hombre que rescató a una momia y la convirtió en su amante; y también a la mujer que amó tanto que se colgó en el árbol crecido sobre la tumba de su esposo.

 

Sí, sus personajes, siempre rozando la vida y la muerte… momentos de aquella soledad, siempre acompañada por el placer de sentir las imágenes, mientras escribía.

 

Pero existía otro ser humano, lejos, cada vez más lejos, porque en esa lejanía residía su encuentro con ella. El movimiento epistolar los hacía más fuertes. Un amor que estaba lejos de aquel sueño senil del profesor y su alumna en Salzburgo, lejos de los poemas divertidos a una mujer a la que visitaban cada día los espíritus, lejos de la playa y el Buda, lejos casi de todo, en una especie de desdoblamiento de sus propias vidas.

 

La mesa de mármol respondía al trabajo que se le había asignado, se mantenía siempre fría. Apoyó las manos calientes sobre ésta para tomar aire, el que llegaba de África, y que hacía presagiar una tormenta de arena, como ésas que forman una nube de bruma rosada, donde el sol al atravesarla le da el color de los mármoles portugueses.

 

Sorbió el agua refrescada con hielo, deseaba estar allí en la plaza casi vacía para seguir soñando...

 

Muchachas, con la incuestionable mochila a la espalda, se afanaban para tomar el autobús a la playa, que, como el Ganges, a él le parecía un lugar insalubre y donde las hogueras de San juan sobre la arena le recordaban las incineraciones de teca y sándalo.

 

Se quedaría con esa arena que llegaba, la de las caravanas y los episodios románticos de una Arabia ya inexistente, sumergiéndose de vez en cuando en el vaso de agua fría que lo observaba.

 
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