EL ÚLTIMO VENECIANO

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Autor:   Enrique Arroyo Villegas

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Eran las 5 de la mañana. Tomó el primer vaporetto, el que lo debería llevar lejos de allí, pero en el último pedazo del trayecto las aguas del canal se volvieron violentas, golpeando la borda como si el monstruo de Lovecraft alzase sus tentáculos para tragárselo.

 

Giró su cabeza hacia atrás, sin miedo a convertirse en sal, y la sintió en sus mejillas envuelta en un par de lágrimas.

 

La sirena del crucero que entraba en la ciudad por la laguna hizo temblar todos los cristales de los palacios. El monstruo de acero y plástico más grande que la ciudad hubiese visto, desplazó toneladas de agua, de unos canales que para entonces eran difíciles de inundar; devoraba las tripas de un lugar que cada día se hundía más.  Sus anclas, al ser lanzadas, arañaron las tumbas de Casanova y un montón de prostitutas anónimas gimientes que alzando sus manos enojadas hicieron flotar tules y damascos para volverse a hundir minutos más tarde entre un lodo escatológico cargado de recuerdos y de malas y buenas heridas. No bastaron dos edificios viejos para atar con maromas al animal que desmaquillo sus estucos en sus embestidas por huir.

 

Entonces, cumplimentado el sacrificio sonaron silbatos y una lengua en forma de escalera mecánica salió de sus entrañas, por donde poco a poco empezó a descender una multitud de asiáticos.

 

La añorada toma de Venecia había durado tan solo unas horas, los nuevos invasores a falta de oro que acuñar o especies que negociar empezaron a caminar frenéticamente con cámaras al cuello en forma de concha de peregrino, y lo fueron tomando todo.

 

Ya no quedaba ningún veneciano en la ciudad, él era el último en escapar. Se había mantenido firme junto al puente de Rialto en su pequeño taller de violines negándose a abrir sus puertas para que aquella multitud entrara y saliera a su antojo del pequeño hogar, haciéndose selfies y tomando los violines recién encolados de las estanterías.

 

Con una crueldad que rallaba en lo esperpéntico, los operadores de masas habían comprado todos los palazzos de La Serenísima teniendo la delicadeza de mantener su piel exterior teatralmente y reconvertir sus interiores en almacenes de suvenires con máscaras de plástico, trajes de carnaval, pequeñas góndolas y gondoleros con bigotes y camisas a rayas, fabricadas en la China. Nadie se había tomado la molestia de arrancar las etiquetas de origen, porque los asiáticos eran conscientes de que no existía nada más al otro lado del horizonte.

 

El Vaticano, a través de un Papa dialogante, había aceptado enmendar las biblias y los cuadernillos para cristianos incipientes certificando que cuando Dios creó el Paraíso lo hizo cerca de Shanghái, y Adán y Eva, como Dios, eran asiáticos. Decisión sabia para la cristiandad que había recabado colateralmente ingresos suficientes para mantener el estatus deseado de los últimos habitantes de Roma.

 

El tour de los orientales estaba perfectamente organizado y nada se dejaba a la improvisación: suvenires, comida rápida dentro de los edificios trasformados en grandes cantinas, paseo en góndola con expertos gondoleros vietnamitas de bigotes italianos pintados con carmín, y espectáculo final copiado de las películas de Fellini, con traductor simultaneo en coreano, japonés y mandarín, donde se pasaban retazos de la Divina Comedia, los de más acción. Y era espectacular el momento de la bajada a los infiernos de un Virgilio con trazas de exguerrillero vietnamita buscando a Lim Biao ―la traducción de Beatrice―, y era solo entonces cuando corrían las lágrimas de las damas más ancianas y sensibles al contemplar los horrores que allí entre peñascos de láser, francotiradores, fanáticos religiosos, y jóvenes paranoicos armados hasta los dientes que asesinaban a desconocidos, cumplían su pena ardiendo en el fuego eterno, entre banqueros e intermediarios. Después, el sonido de las trompetas del fin del mundo anunciaba el regreso, y la masa retornaba con la misma velocidad de la llegada a la guarida con piscinas con toboganes, mientras, el crucero buscaba la salida de aquella laberíntica ciudad, esperpento de una civilización que muy pronto dejaría de existir.

 

Él, dejaba las mañanas de grapa y expreso en el barcito junto al Teatro de la Fenice, el lugar donde se reunía con los basureros de largas escobas para ver salir el sol en La Piazza. Había tomado la decisión de huir ese día mientras alguien desmantelaba el León de San Marcos de la columna que fue lugar de sacrificios a homosexuales, sustituyéndolo por una copia de PVC hecha en Hong Kong, recién desembalada.

 

Entonces tomo sus buriles, sus potes de colas, y con las manos en forma de herramientas cerró el tallercito que lo había visto nacer, y subió al vaporetto, para marchar sin destino premeditado a algún mundo preciso, de aceite de oliva y tomates, de música barroca y hombres como Tomás Moro.

 

Desconocía que ese día el destino le daría una sorpresa, y en un momento inesperado la embarcación se varó. Parecía que había enredado sus hélices con algún pedazo de maroma abandonada, y por mucho que se quiso hacer para salvarlo se bamboleó para morir lentamente hundiéndose por estribor. Eran pocos los pasajeros que le acompañaban, tan solo los viejos guardianes de la embarcación, que se miraron para comunicarse el último de sus pensamientos. A nadie se le ocurrió buscar en la bodega maltrechos chalecos salvavidas, era un gesto innecesario. Y en el último de los adioses a la ciudad, aún amaneciendo, a él le pareció ver la figura de un Dogo sonriente rodeado de cortesanas cantoras y bailarinas alcanzándole la mano para cruzar el umbral hacia el infinito, asegurándole que sí existía La Serenísima Republica Veneciana después de la muerte.

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