CHOCÓ

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Autor:   Henry Andrés Ballesteros Leal

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Ha cesado la lluvia. En la gota que cae de una enorme hoja se reflecta la pureza. Las mariposas juguetean entre la resplandeciente frescura.

 

―Hijos, a levantarse. La lluvia nos ha retrasado.

 

Caminan por senderos donde saben hay frutos por recolectar. Su selva es generosa. Van alegres.

 

Estallidos. Julio abraza a sus hijos. Miran al cielo, pero está despejado. Otro estallido. Se tiran al suelo.

 

―¿Qué pasa, papá?

 

―No sé, hijo.

 

El más pequeño llora.

 

―Tranquilo, mi amor, no pasa nada. Mira que todo sigue igual. Todo es igual, todo es bello.

 

Julio, les da un beso en la frente a sus dos hijos y siguen el sendero.

 

Entre la música de la selva surgen sonidos que no reconocen. Rompen la armonía.

 

―¿Qué suena, papá?

 

―No sé, hijo. Es raro. No sé.

 

Deciden seguir los ruidos y averiguar quién o qué los está produciendo.

 

A medida que avanzan se acrecienta el estruendo.

 

Julio disimula su preocupación con sonrisas.

 

―Papá, está herido.

 

Julió se acerca al pajarito que se mueve con desespero como tratando de alzar vuelo. Bajo el ala tiene una herida. Chilla en el ardor.

 

Lo soba con paciencia, mientras le canta una canción. Sus pequeños lo miran con angustia.

 

El pajarito deja de mover sus azules. Julio lo acaricia, mientras que lo coloca entre un arbusto florecido. Mira con ternura a sus hijos. Se abrazan.

 

Aullidos. Monos vuelan entre las ramas, como huyendo de los sonidos que aturden el ambiente natural.

 

Suben una pendiente. Julio ya no puede disimular sus nervios.

 

Oyen voces humanas. Julio, les pide a sus hijos no hacer ruido. Como cuando están de cacería, se acercan invisibles al lugar de donde proviene el escándalo.

 

Escondidos entre matorrales, ven como caen y caen los árboles. Lloran las aves, lloran los monos, llora la vida, llora toda, llora.

 

Uno de los hombres muestra con perverso orgullo el cuerpo sin vida del jaguar. Desolación.

 

Máquinas y máquinas. Máquinas para la aniquilación. Motores, pitos. “Pra” y “pra”, caen y caen, “pra”, “pra”, canta la infamia.

 

Los niños se asombran al ver lágrimas de tristeza partir del espíritu de su padre.

 

Julio, les hace una señal para retirarse.

 

A lo lejos ven el desastre.

 

―Papá, ¿por qué lo hacen?

 

―Porque son tontos… Nos están matando, y se están matando.

 

―Papá, ¿qué podemos hacer?

 

Julio mira con amor a sus hijos, mientras los toma con absoluta decisión de las manos. 

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