CONTRA EL OLVIDO

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Autor:   Nelson Castillo Pérez

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CONTRA EL OLVIDO

 

Estaba convencido de que los objetos no se extraviaban en ningún lugar de la realidad sino en los laberintos de la memoria.

Bastaba que el tiempo los zarandeara del lugar preciso que ocupaban en su recuerdo para que empezara el lento proceso del olvido.

Primero, después de semejante descuido, comenzaba a vislumbrarlos desdibujados en un aura turbia, corridos de su recinto habitual, como ingratos peces escurridizos. Ya luego, después de rendirse a la certeza de que los objetos extraviados en la memoria solo resucitan en la realidad cuando brota como una luz el milagro de la recordación, los perdía de vista, como criaturas esfumadas en el torbellino de un naufragio, hasta cuando todo era olvido, pérdida irremediable.

Al demandarlos ―es razonable creer que los objetos se guardan con el propósito de rescatarlos sanos y salvos del baúl de la memoria en el momento oportuno que se necesitan―, cuando llegaba de nuevo el instante crucial de utilizarlos en la vida diaria, experimentaba un sentimiento de tristeza: sabía de antemano que por muchos esfuerzos que emprendiera en su labor de sabanear la casa, no los encontraría. Su impotencia era enorme: si no reposaban en un lugar exacto de su memoria, donde los había dejado la última vez, no podrían estar en ningún lugar de la realidad.

Al cabo del tiempo, cuando se tropezaba con ellos, sin buscarlos, mientras rebuscaba otros utensilios, sentía una súbita y grata sensación de reconciliación consigo mismo, no tanto porque los tuviera otra vez en sus manos prestos para ser utilizados ―los agarraba fuerte sin darles lugar a que pudieran escabullírseles del dominio de su recuerdo―, sino porque regresaban otra vez a su memoria, a su legítimo y natural escenario, salvados del olvido, redivivos, como si la memoria fuera el corazón, el único repositorio donde las cosas son de verdad nuestras, existen.

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